Hablar
de la ética en estos tiempos de la videopolítica, de la videoverdad
y de las intenciones de controlar incluso nuestros sueños, es en
realidad un atrevimiento, que por serlo, merece el concurso de quien
en estos días ha tenido razón más que suficiente para
reflexionar, pues es precisamente esta semana, la que marca en mi
vida veinte años dedicado a la actividad política. Para mí, el
significado de la maldad o bondad de los actos de los políticos, que
es lo que constituye la ética política merece la mayor de las
preocupaciones y creo que a la inmensa mayoría de la gente le
preocupa el estado tan lamentable de corrupción que prevalece en la
mayoría de los institutos políticos que dicen luchar por la
transformación del país y del estado, pero que no empiezan por
transformarse a ellos mismos, la revolución que le urge a este país
es una que nos incluye a todos, es una que pasa por la revisión de
nuestros actos individuales que tienen que ver con la esfera pública,
con el cómo nos relacionamos con las instituciones del gobierno y
con la privadas y que clase de moralidad hay en nuestros actos, en
particular, en aquellos actos que nos relacionan con nuestros
semejantes con los cuales concurrimos a la zona de actividad
colectiva, con los que concurrimos a la plaza, como somos?, como
actuamos?, en realidad buscamos lo que de dientes para afuera decimos
o somos acaso unos emboscados, unos disfrazados de demócratas, de
izquierdistas o de cristianos o de la religión que sea, somos
congruentes?, o somos in congruentes?, somos coherentes? o somos
incoherentes?, en nuestros actos y en nuestras omisiones y no se
trata de iniciar una cacería de brujas, al estilo de los
congresistas republicanos de los Estados Unidos de Norte América,
hablamos aquí de la ética relacionada con la política y no solo
con los políticos aunque estos últimos son los más responsables
del asunto y desde luego me incluyo.
Octavio
Paz, uno de los intelectuales más lucidos que ha dado México
escribió: “La democracia no puede ser sino una conquista popular.
Quiero decir: la democracia no es una dádiva ni puede concederse; es
menester que la gente, por sí misma y a través de la acción, la
encuentre, y en cada caso la invente”, creo que la solución a los
problemas de corrupción que sufre nuestro país, pasa por la
edificación de la democracia, pero para llegar a ella se necesita de
la voluntad de los actores políticos y creo que todos ellos, en
estos precisos momentos le esta regateando a nuestro pueblo el
transito pacífico a la democracia, quizá sea ese el mayor pecado
ético por el que atraviesa México en nuestros días tenemos todo
para ser una nación prospera y estamos sumidos en una situación
vergonzosa, con millones de pobres, niños desnutridos, madres que se
mueren en el parto, niños de la calle, mortandad infantil y otras
lindezas que el capitalismo nos proporciona, bajo el “novedoso”
nombre de neoliberalismo y en medio de todo eso los partidos, todos
ellos no han sido incapaces de aliviar la situación critica por la
que atraviesan millones de mexicanos, porque?, esa es la pregunta.
Una
reflexión sobre la relación entre ética y política no puede sino
comenzar por dar cuenta de la tensión que actualmente y en forma
particular en nuestro Yucatán, existe entre estos dos términos. ¿Se
trata de una tensión irreconciliable, obedece a la naturaleza de la
política ser indiferentes al compromiso con valores? , o son los
políticos que hemos tenido o nos hemos permitido tener hasta hoy,
los responsables de no tener principios ni valores: ni éticos, ni
ideológicos, ni políticos. ¿Esta situación es fruto de una
determinada situación, particularmente aguda en los últimos años
en nuestro país y en nuestro Estado, que debe ser analizada con
detenimiento y que puede ser meditada?, vale la pena que un reducido
grupo de ciudadanos se reúna hoy en esta pequeña sala a hablar de
un tema que, con lluvia o sin lluvia, tiene poco mercado, poca oferta
y poca demanda, no tiene marketing, no sé si lo escribí bien,
bueno, sigamos.
Es
un hecho que la mayor parte de la sociedad considera que la política
no tiene absolutamente nada que ver con la ética, y más bien se
contrapone a ella, es algo que desde hace tiempo todo el mundo sabe,
cuando la gente común, y que conste que no estoy hablando de las
clientelas política de este o de aquel partido o de este o de aquel
dirigente político, cuando el ciudadano sencillo, el trabajador, el
pequeño comerciante habla de la política o de los políticos, a
ninguno le va bien y desde luego me incluyo, las expresiones son
lapidarias, la gente sabe e intuye las corruptelas y los abusos que
los políticos cometen y en la generalización, pues nos toca a
todos.
Casi
se ha vuelto un lugar común hablar sobre el descrédito de la
política y la crisis de la representación. Incluso los dirigentes
políticos, los funcionarios públicos y los gobernadores que hacen
mucho por desprestigiar esta actividad, suelen adoptar cómplices la
misma opinión lapidaria, aquellos que fomentan el desprestigio de
una actividad tan importante para el funcionamiento de la sociedad
terminan siendo los supuestos defensores de una moralidad pública
que no representan, ni mucho menos podrán encarnar nunca.
Sin
duda esta es una actitud moralmente condenable. Y además es
políticamente incorrecta circunstancial, convenenciera y coyuntural
e inviable en el largo plazo. La irritación que se estimula en la
opinión pública puede ser el caldo de cultivo para actitudes
apolíticas e incluso antipolíticas, y se desarrolla en el ciudadano
la indiferencia hacia la forma en que se manejan los asuntos
públicos. Que en cierto momento puede servir a liderazgos
demagógicos y autoritarios.
El
ciudadano honorable, todavía los hay, se margina de la actividad
pública y deja el campo libre a los vivales, a aquellos que lucran y
medran de la actividad
El
hecho que la gente se margine de la actividad pública puede
constituir también una forma de apoyo, pasivo si se quiere, a
líderes autoritarios excluyentes, maniobreros y demagógicos, pero
constituyen una base de apoyo efímera. El estado de ánimo cambia
muy rápidamente, y la indiferencia o relativa tolerancia se puede
convertir en poco tiempo en desconfianza y mal humor social.
Creo, que una buena forma de empezar a reconciliar la política con la ética es comprender que siempre la política es generadora de actitudes éticas o al menos debiera ser así, Aún cuando se quiere independiente de la ética, la política difunde y convierte el sentido común en ciertos principios éticos, relegando otros. Como la ética siempre se presenta como un problema para la política, existe esa tentación a subordinarla, o simplemente manipularla. La práctica del doble discurso disocia él deber ser de lo que se hace en la práctica. La práctica sé autonomiza de lo que se dice y se promete, y luego se justifica por las " Necesidades de las circunstancias", “las necesidades de la causa”, ¿el fin justifica los medios? Creo firmemente que no, lo que sucede es que la autonomización de la practica se vuelve un pragmatismo conciente y hasta cínico, que se expresa en la consabida expresión: “Bueno en realidad esto que hacemos esta mal, no debe hacerse, pero sino lo hacemos nos ganan los otros y pues estamos metidos en esto para ganar ¿no?” ¿Cómo combatir este mal? No hacen falta santos salvadores. Cuando alguien se propone como "Cruzado contra la corrupción" hay que desconfiar de sus verdaderas intenciones. En verdad el mejor antídoto contra el doble discurso es el desarrollo de instituciones sólidas, que proporcionen controles efectivos sobre el ejercicio de poder y costumbres políticas republicanas entre los funcionarios y los ciudadanos en general. Este es el desafío que tenemos por delante los que queremos reconciliar la ética y la política y que la vida política vuelva a ser considerada una forma virtuosa de experiencia colectiva al alcance, no sólo de los profesionales de la política, sino de todos los ciudadanos.
En
mi opinión cuando todos los ciudadanos entiendan que para lograr la
transformación de la sociedad se requiere que cada uno de ellos en
lo individual participe en las transformaciones y que su
participación y vigilancia hará a un lado a los oportunistas nos
enfilaremos en el camino del cambio definitivo, que no es otra cosa
que el cambio constante.
Mérida a 20 de noviembre de 1998